Tiene razón Juan Antonio Samper cuando dice: «Jugando así, no necesitamos refuerzos». Porque no es sólo que el Real Murcia ganara con una claridad extraordinaria es, sobre todo, que el equipo de los fracasos reiterados, mostró una imagen inesperada, magnífica, increíble, demostrando que a sus muchas expectativas, el fútbol añade el delirio de la sorpresa. Sorpresa, sí, que, de vez en cuando tiene un poder balsámico para quienes sufren los fracasos de su equipo favorito.
Tiene razón el hombre que parece haber asumido el protagonismo deportivo en el Real Murcia, porque jugando como lo hizo en Canarias, el Real Murcia estaría ubicado mucho más arriba de los lugares del miedo y justificaría plenamente a quienes, en los inicios de la temporada, entrevieron una plantilla con posibilidades de ascenso.
Entre el Real Murcia que venimos padeciendo tanto tiempo, y el que el sábado arrasó en tierra isleña, hay la misma distancia que entre Jekyll y Hyde, con el agravante de que es el malvado quien ha ejercido como representante del fútbol murciano a lo largo de tres deplorables temporadas.
En Las Palmas, el Real Murcia jugó uno de sus más hermosos partidos en campo extraño, en su centenaria trayectoria. Después de cuarenta y ocho años viendo y escribiendo sobre los partidos del Real Murcia dentro y fuera de su estadio, y en las cuatro divisiones del fútbol español, tengo la opinión de que el del sábado fue uno de los mejores, no solo por los guarismos finales, sino por la disposición física, anímica y técnica de los jugadores que completaron un encuentro prodigioso hasta el punto de plantearme cuál es el verdadero Real Murcia. Porque este, el que vimos el sábado, merece no sólo un aplauso sincero, sino la confianza plena. Jugando así, con esa solidez y esa ambición, con fe en sus propias facultades, esta plantilla no necesitaría refuerzo alguno.
Un 0-3 es, siempre, un resultado apabullante, pero a esas cifras se puede llegar por distintos caminos, algunos de ellos de menguado brillo. En mi memoria queda otro lejano 0-3 en Salamanca, y, más próximo, el triunfo del Murcia en el Manzanares, dirigido por Pepe Mel en una de las mejores exhibiciones que me ha sido dado gozar con el Real Murcia en tantos años de peregrinaje. En Canarias, donde el Real Murcia ya supo ganar, incluso por 1-4 , el equipo supo posicionarse con solvencia, en una tarea compartida, con una extraordinaria verticalidad y una sed de victoria, como no le habíamos visto en toda la temporada. Era el más afable Doctor Jekyll, Y es esa imagen, por encima incluso de los valiosísimos puntos, lo que puede inspirar más esperanza porque, o mucho me equivoco o los propietarios del Murcia no albergan la menor intención de mejorar la plantilla.
«Jugando así, no necesitamos refuerzos», ha dicho el que dicen nuevo jefe deportivo.
Jugando así desde que se inició la temporada, digo yo, el Real Murcia sería líder.
Pero la brillante actuación del Real Murcia, que me apresuro a cantar con el gozo de un viejo deseo es, para mí, un motivo para prestar una especial atención desde un puesto que huele a miedo y descenso porque esta golondrina, por sí sola, no basta para anunciar el verano que todo aguardamos con el club a buen recaudo.
Al otro lado del Puerto de la Cadena, en un estadio que tiene más clientes que nunca, el Cartagena tenía también la obligación de ganar. Pero con diferente premio. Para los albinegros, los puntos no tenían el valor angustioso de la supervivencia, pero el partido sí tuvo la angustia de lo incierto, el ansia por el puesto que se podía recuperar, que lo aproximaba al Hércules y que le devolvía al un lugar de privilegio, a una ensoñación que no quiere ser efímera. Y bastó un penalti para que la emoción sustituyera al buen juego, y la noticia de que el Numancia perdía su partido, llenaba de ilusión la ciudad marinera.
Y ganó, también, el Cartagena. Y la doble jornada se coronó con dulce sabor murciano, y las dos aficiones miraron hacia arriba. Y unos y otros volvieron a hacer las cuentas. Al Cartagena le basta con estar donde solía. Al Murcia hay que pedirle que suba los peldaños necesarios. Las dos victorias obligan a seguir ganando. Yo ya sé que también dormitaba Homero, pero a los equipos murcianos no les será permitida ni una leve pausa. Cada partido ha de ser una batalla. Por hora, no hay lugar para el respiro. El Cartagena, situado en tercera posición, no tiene respiro. El Murcia, no tiene descanso. Ni uno, ni otro pueden permitirse el sosiego. Aunque con objetivos distintos, a los dos sólo les queda luchar.
Tito Livio decía: Cuando la guerra es necesaria, es justa.
Y más aún, añado yo, cuando la victoria es hermosa.
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