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La Lupa de Ibarra

10 de mayo de 2010

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JUAN IGNACIO DE IBARRA.-

Escribió Thomas Mann que la fe le parece una necesidad vital. Cuando se lucha, cuando se compite, cuando se pelea por algo tan importante como el futuro, la fe, digo yo, es un valor fundamental y, en fútbol, la fe en uno mismo es virtud irrenunciable para alcanzar los objetivos. Y esa es una de las grandes virtudes que posee el Cartagena: la fe en sí mismo, en su capacidad, en su trabajo, en su idoneidad para la tarea que le toca asumir. Por eso en la tarde del sábado, una vez más y al amparo de su público, remontó un resultado adverso e hizo de la jornada una suma más de méritos y de puntos para afianzarse en ese lugar de privilegio donde mantiene distancias que, comparte con el Levante y que hoy podría acreditarse si el Hércules fracasara en su propósito de derrotar al Córdoba.

En Cartagena, la fiesta fue y es creciente porque el equipo tan bien dirigido por Juan Ignacio (sistema adecuado, cambios oportunos), está cada vez más cerca de esa meta que se ha prometido a sí mismo y a la que viene rondando desde el primer pitido, allá por el verano, cuando se asomó con modestia, pero con firmeza, a una categoría donde está acreditando su grandeza.

La jornada sirvió, asimismo, para acortar distancias con el líder y, con la colaboración del Real Murcia, poner distancia, quizás suficiente, con ese Betis que todos anunciábamos como favorito en una categoría tan difícil como inesperada, en la que, ufano de sí mismo, se ha encontrado demasiado ligero de equipaje.

Y es que, aunque las imágenes hablaran de otro equipo, el Real Murcia jugó ayer en Sevilla, en partido televisado en directo y en el que el equipo grana de toda la vida, salió disfrazado de un azul pálido, con franja blanca y manga del mismo color, al que sólo faltaba la puntilla. Y España entera pudo ver a un equipo al que incluso los comentaristas llamaron «pimentonero» y al que los murcianos de la diáspora no podrían reconocer, acostumbrados, como están, a aplaudir, gozar y sufrir con el rojo pimentón de sus zamarras.

En Sevilla, en una ciudad y en un campo de esa Primera División donde lució sus palmito y sus colores en otros tiempos, cuando era propiedad de los murcianos y nadie se atrevía a expoliar su vieja historia, el Murcia sólo era identificable por su falta de calidad, por sus miedos y por su torpeza ante el marco enemigo, donde sólo una acción personal de Capdevilla lo salvó del desastre. En Sevilla, el equipo azulado (quién y por qué ordenó el cambio de camisola), dejó una vez más constancia de su irregularidad, de su falta de personalidad y de sus limitaciones, frente a un equipo, el Betis, que esta muy lejos de confirmar la legitimidad de sus aspiraciones.

Y fue allí, en Sevilla, donde los chicos del azul claro de luna (esta vez no iban de luto, ni de verde, pero se me escapa por qué no vestían su camaiseta que siempre le ha identificado) consiguieron un punto que sólo valdría si se daban los resultados precisos porque su situación es de una precariedad que asusta. Y por la tarde perdió el Salamanca, que es lo que convenía, y hubo que esperar a ver qué sucedía con el Cádiz, que con su victoria lo mandaba de nuevo al infierno que se tiene merecido.

En la hermosa ciudad de la Giralda, frente a un equipo que siempre viste de blanquiverde o verdiblanco, el Real Murcia (¿puede alguien explicarme por qué y quien le ha quitado su cama roja, elegida por murcianos hace ochenta años?) los de González consiguieron un punto que es parca renta cuando no se aprende la lección de ganar en un estadio demasiado grande para los pigmeos balompédicos que lo habitan.

Una jornada más, el Murcia sigue aferrado a sus miedos. Ese Murcia impersonal que, con más de cien años de historia, se ve privado de su uniforme y cambia de atuendo, caprichosamente, hasta parecer el maniquí de una pasarela. Más que un equipo de fútbol, el Murcia parece un desfile de top models. Metido en el fondo de la tabla, este Murcia inodoro e insípido se ha vuelto también caprichosamente coloro. Los usurpadores le han quitado todo. Hasta el uniforme ha sido presa del desamor y del desprecio.

Una vez más pregunto: ¿Donde están los colores del Murcia?

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